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Tere Martínez Delgado

Nací en Mayo de 1947 en la comunidad de La Grulla, Municipio de Dolores Hidalgo Gto. Hija de campesinos, de una familia sencilla, de los que fuimos nueve hermanos, seis mujeres y tres hombres. Mi padre trabajaba el campo en terrenos de temporal que le heredaron mis abuelos y ahí producía maíz, fríjol y algunos cereales.

En esos años llovía bien y la cosecha de temporal también se daba bien. En la casa teníamos un pozo de 76 metros de profundidad que era el que nos proveía de agua para el gasto de la casa, pero también para los animales que criaba mi papá, para el trabajo y para la producción de leche. Esta producción era enfocada hacia el consumo familiar, se vendían los excedentes y con esto cubríamos otras necesidades de la familia.

Mi madre se dedicaba al hogar, pero recuerdo que a ella le gustaba siempre criar gallinas, para el huevo, pollos y cerdos para la carne. Aún con todo esto teníamos muchas limitaciones. Cuando yo tenia diez años, en 1957, como no había escuela en La Grulla, mi papá nos envió a mí y a mi hermano mayor a estudiar al colegio, a Dolores Hidalgo.

Yo aguanté lejos de ellos sólo tres años y esto bastó para que aprendiera a leer y escribir y regresé a La Grulla en 1960. En 1959 llegó el Padre José Salazar como vicario a La Grulla. La comunidad de La Grulla era una de las comunidades muy marginadas, con mucha pobreza, como todas las de la zona, la integraban unas sesenta familias. Con el Padre José entré en contacto con «Acción Católica».

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El Padre José era una persona muy joven, inquieta, y creo que desde el seminario había entendido bien su compromiso de sacerdote con los más desprotegidos. Ya que él había nacido en una familia campesina y de escasos recursos, no le era difícil entender la pobreza y la opresión en la que vivíamos los campesinos.

Animaba la participación de la gente, escuchaba y orientaba a las personas que se le acercaban para pedir consejo, provocaba reuniones para decidir y organizar, enfrentaba los problemas de alcoholismo o de madres solteras, entre otros.

Por mi parte, el haber asumido todos estos cargos que me encomendaban me dio la posibilidad de aprender y de entrar en contacto con la comunidad, sobre todo con las personas adultas, y de desarrollar y organizar, junto con el Padre José, otras actividades, como la organización de las fiestas patronales.



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Toda esta actividad permitió el desarrollo de capacidades y la convivencia sana entre los jóvenes y adultos y así relativizar algunos problemas como la ociosidad, el alcoholismo y otros. En 1963 se realiza en La Grulla un «campo de trabajo» organizado por el Padre Memo junto con un equipo de trabajadoras sociales de la escuela de «La Labor» y personas de una escuela de León.

Al finalizar este «campo», el Padre Memo me invitó a formar parte del equipo de trabajadoras sociales para enseñar en otras comunidades lo que yo había aprendido. El tiempo de duración de los «campos» era de tres semanas y las actividades de capacitación que se desarrollaban fueron: desarrollo de la comunidad, corte y confección, cocina, mejora de la vivienda, nutrición, higiene de la persona y de la vivienda.

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La convivencia entre mucha gente de diversas comunidades provocó su animación y nos ayudó a empezar a ver que los problemas de los campesinos eran los mismos en todas las comunidades. En 1964, el P. Memo junto con el P. Esteban Medina, del Secretariado Social Mexicano, organizaron un curso de tres meses que se realizó en El Llanito, sobre «Desarrollo de la Comunidad».

A este curso asistimos comisiones de muchachas que iban surgiendo en cada una de las comunidades donde se realizaron los «campos de trabajo», pero también de otras comunidades donde el P. Memo tenía ya contactos. En total fuimos treinta participantes de unas quince comunidades, el objetivo de este curso era proporcionar más formación social, y capacitación técnica a los jóvenes que iban surgiendo de los «campos de trabajo», y que ya empezaban a animar algunas actividades en las comunidades.

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Noé Rodríguez, que participaba en ellas y era militante de la JAC (Juventud Agrícola Cristina), intentó organizar un sindicato con un grupo de trabajadores, pero casi al momento se dieron cuenta los patrones y no lo dejaron avanzar, lo tronaron y a él lo despidieron del trabajo.

En 1963, cuando estábamos en el «campo de trabajo» en La Grulla, nos visitaron Lucha Rivera, de Ziritzícuaro y Lupe González de Querétaro del movimiento de la JAC. Se hizo una reunión con los jóvenes, hombres y mujeres, los que más se animaron fueron los hombres, algunas de las mujeres pusieron obstáculos, lo que hizo que no se concretara nada por un tiempo.

Fue hasta 1964, cuando Lucha nos envió invitación para participar en el primer encuentro regional de la JAC en Ciudad Hidalgo, Michoacán. Recuerdo que el salón del encuentro era muy grande y estaba lleno de jóvenes, fruto del trabajo de animación y promoción del movimiento que Lucha y otras jóvenes de su pueblo ya habían realizado.

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La JAC fue un semillero de formación de muchos jóvenes, que militaron con una conciencia clara de que su compromiso como cristianos los comprometía en otras luchas o movimientos que pugnaban por cambiar las estructuras injustas, como las luchas por la tierra, el movimiento sindical, entre otras. En la década de los 60 había una situación muy difícil en la zona norte del Estado de Guanajuato, había mucha pobreza en las viviendas y en la alimentación de las comunidades campesinas. 

El padre Memo, empezó a pensar que en un primer momento, lo que podía ayudar es que las comunidades era que empezaran a organizarse par programar la capacitación con ellos. Trabajar para que se fueran creando los deseos de salir adelante y tomar conciencia sobre todo en los jóvenes para capacitarse, en la construcción de la base social que hoy en día seguimos manteniendo.

Fue la construcción de la persona como sujeto, no como objeto, que empezamos los campesinos a reconocer que tenemos derechos en la construcción de este mundo más justo y solidario. Impulsamos la lucha común en las comunidades, impulsamos la asamblea comunitaria como una forma de toma de decisiones de la propia comunidad.

Lo que representaron estos 40 años de trabajo en las comunidades, es sentar las bases sólidas de la organización comunitaria y de la autonomía de las comunidades.

Hemos ideo creando una red de productores a nivel regional y Nacional, que nos integramos, hemos avanzado en la economía de las familias. Estamos a nivel nacional, participando, haciendo ferias, impulsando la calidad de los productos, impulsando los mercados locales. 

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Empecé a participar en «Acción Católica Femenina», enseguida me nombraron presidenta de la misma y es cuando empiezo a tener más relación con el P. José. Recuerdo que él nos daba pláticas de formación cristiana y al darse cuenta que yo sabía leer y escribir, me pidió que le ayudara a enseñar a los niños y jóvenes, ya que él ya lo estaba haciendo.

Así empezamos a organizar dos grupos, uno de niños en la mañana y los jóvenes por la tarde. Este trabajo no sólo lo realizamos en La Grulla, poco a poco nos extendimos a más comunidades, como El Meco, La Sabana, Terreros, La Loma de Cocinas, La Palmilla; en cada una de estas comunidades el compromiso era enseñar a los jóvenes para que ellos a su vez enseñaran a otros jóvenes. Y es así que muchas personas aprendieron a leer y escribir en esta época.

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Hacíamos reuniones para organizarlas, programábamos juntos los eventos a realizar, nombrábamos comisiones entre los adultos jóvenes, nos cooperábamos en la comunidad para cubrir los gastos de la misma, los jóvenes aprovechábamos para organizar obras de teatro, bailables y otras actividades, como la organización del baile, de «jamaicas», e invitábamos a participar a jóvenes y adultos de las otras comunidades.

Eran fiestas muy bonitas, de convivencia sana, después hacíamos junto con el Padre la evaluación de la misma con la participación de todos los que habíamos participado en la programación. Esto impedía que se crearan líderes falsos y corruptos. Para el teatro, una señorita, familiar del P. José, nos daba clases y nos ensayaba las obras y poesías, y una persona de San Miguel de Allende, contratada por el Padre, nos ensayaba bailables regionales.

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Se hacían pláticas sobre desarrollo de la comunidad, para adultos, mujeres y hombres. Por las tardes se organizaban convivencias, cantos, juegos con toda la comunidad, al final se realizaba una exposición de lo que se había enseñado y aprendido junto con una comida y fiesta de clausura.

El P. Memo se dedicaba a celebrar misa y ahí orientaba sobre los problemas que descubría e invitaba a la unidad de la comunidad, pero también dedicaba tiempo para visitar a las familias en sus casas. Fue una primera experiencia de una actividad social intensa por parte el Padre Memo, y el equipo de trabajadoras vivíamos en la comunidad todos los días que duraba el «campo de trabajo».

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En este curso se trataron los siguientes temas: formación humana, desarrollo de la comunidad, técnicas de investigación, realización de encuestas, metodología, capacitación en el método Laubach, nutrición e higiene. Las participantes realizamos una encuesta en diversas comunidades, para conocer a fondo los problemas que había en ellas, los más importantes fueron: falta de capacitación técnica, alto índice de analfabetismo en niños, jóvenes y adultos por falta de escuelas, vivienda muy pobre, problemas graves de salud y desnutrición debidos a una alimentación inadecuada y por la falta de agua limpia y falta de tierra para producir alimentos.

Todo esto nos permitió descubrir por dónde íbamos a caminar y hacia dónde enfocar todas las acciones del futuro. Al mismo tiempo, el P. José se reunía con los señores para tratar los problemas de solicitudes de la tierra. En algunas ocasiones los visitaban promotores de la organización de las «ligas campesinas» de Querétaro y se trataban los problemas de los bajos salarios.

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El haber participado en este encuentro nos animó mucho y al concluir, decidimos asumir compromisos de trabajo con los demás jóvenes de la comunidad que representábamos. El Padre Memo realizaba reuniones constantes con los asesores de las parroquias donde estaba el movimiento: Parroquia de Los Dolores, La Grulla, San Felipe, La Quemada, San Juan de Llanos, Ibarra, Santa Rosa y otros, en algunas de estas reuniones participábamos los responsables de la coordinación.

Desde 1968 el movimiento se empieza a debilitar por la represión del Gobierno hacia los diversos movimientos sociales del país en el sector campesino, obrero y estudiantil. Es en este momento que los obispos que apoyaban al movimiento rompen la relación y el apoyo a la JAC, como fue el caso concreto de La Grulla. Finalmente lo prohíben, no sólo a nivel mexicano, sino también latinoamericano.

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