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María de la Luz Rivera


Mujer de gran valor humano, de convicción social y compromiso cristiano profundo, encarnada siempre en los problemas de los campesinos, para orientar, analizar, capacitar y acompañar la autogestión, organización y autonomía campesina, persona honesta en el actuar, franca en el hablar, sencilla para comunicarse con las personas, con gran sentido común para discernir.

Su personalidad inquieta y visionaria le permitió siempre enfocar todas las acciones para construir un proceso alternativo. Con una plena convicción desarrolló la colectividad y comunalidad.

Impulsó la justa reivindicación de las mujeres campesinas y su participación activa y comprometida en el desarrollo de sus propias comunidades, lo que les permitió ser sujeto de su propio desarrollo. Apoyó la defensa de los derechos de las personas.

Luz María Rivera Pérez, «Lucha», nació en Ziritzícuaro, Michoacán, el 19 de julio de 1939. De familia campesina, empapada aún de tradiciones indígenas, llegó a la adolescencia en su pueblo natal y desde muy joven manifestó gran madurez.

«Pude tener escuela... mis padres hicieron un gran esfuerzo para que pudiera tener la primaria, después hice tres años de comercio para contador privado. Me inicié colaborando en la Caja de Ahorro y Crédito de la comunidad, era la tesorera y ayudaba a diseñar las formas, pues las cajas no eran tan modernas como ahora, los estudios que tenía me ayudaron a aterrizar ahí... Me enseñó mucho el contacto con la gente que iba a solicitar préstamos, y aunque yo no era del comité de crédito, la gente confiaba mucho en mí... a pesar de ser joven la gente me buscaba y me platicaba, porque a veces el comité de crédito era un poco frío, yo me sensibilizaba ante los problemas que vivía la gente, para poder entenderla... Esto me dio mucha conciencia de los problemas de mi comunidad».


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«Tenía problemas con mi papá porque él decía que me malpasaba mucho, que me desgastaba por estar sirviendo a la comunidad, aunque yo lo hacía en mis ratos libres, porque tenía que hacer trabajos con mi padre en la agricultura y ayudarle a llevar las cuentas; en ese tiempo se había asociado con unos españoles que nos fregaron bien... pero él también era un hombre comprometido en la comunidad y aprendí mucho tanto de él como también de mi madre».

En Ziritzícuaro y en Dolores Hidalgo, quienes más flaca memoria tienen, recuerdan a Lucha como la primera mujer que vieron manejar un vehículo. En su tierra natal el lejano recuerdo es impresionista, pues Rivera Pérez fue presidenta de «Acción Católica», fundó la caja popular «Proleverzi» y luego fundó y presidió, siendo la más joven y la única mujer, la «Asociación de Productores de Papa», para organizar y defender la producción y comercialización del tubérculo.

La Juventud Obrera Católica (JOC) había nacido hacia finales de los años veinte del siglo XX en Europa. Su fundador, José Cardijn, era hijo de un minero que murió muy joven de silicosis. Motivado quizá por ello, Cardijn fundó este organismo con un propósito transformador que hizo eco entre la juventud, no sólo de su país natal, sino que pronto se difundió a nivel internacional. Como organismo hermano, surgió la Juventud Agrícola Católica (JAC).

Lucha asumió la tarea de promover su crecimiento, tarea a la que se dedicó con entusiasmo y energía. Muy pronto Lucha participó en encuentros nacionales de este nuevo organismo, del cual fue coordinadora nacional hasta 1968. De 1966 a 1969 fue responsable en México del Movimiento Internacional de la Juventud Agrícola Rural Católica (MIJARC) y comenzó su participación a nivel internacional.

«Me inicié y me motivé con la predicación del Padre Carlos Salgado que estaba de párroco en mi pueblo, era un Padre joven que hablaba del bien común y de la dignidad de la persona humana, de la justicia y de las diferencias sociales, esto me fue motivando mucho. Me gustaba mucho encontrarle el sentido a todo lo que hacíamos y el movimiento de los jóvenes campesinos que nos tocó iniciar nos ayudó a comprender la vida... Los sacerdotes de los que aprendí mucho fueron el Padre Escamilla, el Padre Pedro, el Padre Memo y el Padre Carlos».

Llegó a Dolores Hidalgo en 1969, invitada por el padre Dávalos, para que le ayudase temporalmente en el trabajo de promoción y educación social que se realizaba entre las depauperadas comunidades rurales de la región norte de Guanajuato, desde 1960.

“Me integré a trabajar en esta zona en el año 69... tenía 29 años, aunque el convenio que hice con el Padre Memo era por tres meses, vine convencida. Estaba trabajando comprometida allá en mi comunidad, organizando a todos los pequeños productores de papa....”

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Entre sus múltiples actividades en la región, y como parte de Acción Campesina organismo en el que participó desde 1970, encontró espacio y tiempo para dedicar doce años a la representación por la región México (que abarcaba México, Centroamérica, el Caribe y Estados Unidos) en la Federación Internacional del Movimiento de Adultos Rurales Católicos, (FIMARC), de 1984 a 1996.

Esta experiencia, a la vez que le permitió dar a conocer el trabajo de Cedesa, le proporcionó la oportunidad de viajar por Europa, Asia, África y, desde luego, por América, y obtener múltiples experiencias e intercambio internacional que redundaron en beneficio de Cedesa y la organización campesina regional. También participó como cofundadora de la Red Latinoamericana de Comercio Comunitario, Relacc.

Lucha falleció el 18 de abril de 2006. En sus exequias, en Dolores Hidalgo y en Ziritzícuaro, los representantes comunales le ofrendaron la continuación y crecimiento de esa obra. Ese compromiso se resume en lograr, para éstas y otras comunidades campesinas: «Una vida digna y sustentable», y hacer, sin concesiones, todo lo que se necesite para lograrlo.

Nadie más en Guanajuato ha persistido tanto, por tanto tiempo y con tanto talento, como Luz María en la lucha social. Por eso es la mayor lideresa social, pero también por su absoluto desprendimiento, por su generosidad sin límites y por su honestidad. Dio todo, dio toda su vida, sin buscar beneficios personales.

Nada a cambio, sólo la dicha de verificar la encarnación de su mensaje en los avances de las comunidades y las familias hacia el propósito de suficiencia y dignidad.

Luz María Rivera Pérez solía referir así su inspiración: «De Jesús he aprendido que a veces hay que darlo todo sin esperar nada a cambio».


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Profundamente religiosa, desde temprano, Lucha dio evidencias de su compromiso social, de su ánimo para la lucha y de su disposición para no resignarse a asumir el rol tradicionalmente asignado a las mujeres. Siempre creyó en la responsabilidad que éstas tienen como agentes del cambio social, para lo cual es necesaria su liberación del atávico yugo.

Si no lo es ahora, la incursión de una mujer en las luchas sociales y la vida pública, así como la asunción de actividades ancestralmente consideradas «sólo de hombres», en las décadas de los 50's y 60's era muy difícil y socialmente riesgoso. Más lo era asumirse como revolucionaria.

«Un escándalo», dirían, y dicen, las almas simples que abundan en nuestros pueblos y ciudades. Lucha lo hizo, sin embargo, en lejano, pero próximo, paralelo con Sor Juana. La protegió de la maledicencia y la mala fe, que nunca faltaron, esa profunda religiosidad, expresada en una opción por los pobres, auspiciada entonces por la Iglesia Católica, en la idea, de la que luego ésta se distanció, de realizar el mensaje evangelizador de Jesucristo de justicia y amor por los pobres en este mundo... Lucha se entregó por entero a su causa, y por ello nunca consideró casarse.

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Lucha se quedó en Dolores el resto de su vida. En 1965, Dávalos Martínez había fundado el «Centro de Desarrollo Agropecuario» (CEDESA). En 1969 él tenía que abandonar la Diócesis y el financiamiento del proyecto que consolidaría al Centro había sido aprobado, de manera que ella optó por permanecer junto con otros jóvenes y continuar el proyecto, que sería el eje de sus actividades hasta el fin de sus días. 

Fue piedra angular en el equipo de dirección y coordinación de CEDESA, que permanentemente contó con su sabiduría, su afán por aprender para enseñar, su profundidad de análisis, su entrega y su creatividad.

De esa fuente trascendental de una visión social de la Iglesia abrevó Luz María Rivera Pérez, y con enorme vitalidad emprendió su trabajo pastoral en la región norte de Guanajuato, con frutos inmensos, que hoy la trascienden. Más de cien comunidades campesinas en cinco municipios, Dolores Hidalgo, San Miguel de Allende, San Luis de la Paz, San Felipe y San Diego de la Unión, viven hoy organizadas y con los provechos de la organización y de la lucha que les enseñó.

La lucha contra el atraso ancestral y criminal de la región norte de Guanajuato les atrajo a Luz María y a sus compañeras de siempre, Teresa y Graciela Martínez Delgado, hostilidad de los sectores sociales, laicos y religiosos, que gozaban de los privilegios del vigente estado de cosas. 

También les atrajo represión de los sucesivos gobiernos cómplices, pero nunca flaquearon, nunca cedieron y las más de las veces, con su sacrificio y el de mucha gente de las comunidades, ganaron. Hoy ese trabajo se reconoce y se respeta.

Los testimonios en esa región norte de Guanajuato son largos y numerosos. Actividades alfabetizadoras y de capacitación en todas las cosas necesarias, gestiones múltiples, marchas, plantones, reuniones infinitas, recorridos sin descanso por esas zonas áridas y semihabitadas, catequesis, represiones, difamaciones y calumnias... Todo han hecho, y todo han enfrentado. Y Lucha siempre encabezando, planeando, haciendo... hasta su último hálito de vida.

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